Ausonio (Décimo Magno Ausonio – 310-395)



Escritor latino nacido en Burdeos a comienzos del siglo IV. El perfil de este erudito se corresponde muy bien con el arquetipo del homo novus. Formado en su ciudad natal, pronto destacó en la disciplina Retórica y, seguramente, pasó algún tiempo en Tolosa bajo la tutela de su propio tío Emilio Magno Arborio, célebre rétor y tutor de los hijos de Constantino. Tras esa estancia, volvió de nuevo a Burdeos, donde, al concluir sus estudios de Retórica, se inició en la carrera forense, que abandonó pronto por sentirse poco dotado para ella; así comenzó su actividad docente, primero como gramático y, luego, como rétor, que duraría treinta años en su ciudad natal y que le abrió las puertas de la gloria cuando su fama como profesor le llevó al palacio imperial en Tréveris para educar al príncipe heredero Graciano, hijo de Valetiniano (ca. 367).

Ausonio estuvo al lado del padre y del hijo durante las campañas contra los alamanes (368-369). Luego y gracias a la lealtad mostrada y los servicios prestados, Ausonio emprendió una rápida carrera de honores, que le llevó al consulado en el 379. Al mismo tiempo, su familia también pudo disfrutar de una posición privilegiada en la corte, con lo que se puede afirmar que entre 377 y 380 el gobierno de Occidente estaba, en buena medida, en manos de Ausonio y los suyos. Una vez que su discípulo Graciano accedió al poder y la corte se trasladó a Milán, Ausonio vio cómo su enorme influencia y su estrella en la corte empalidecía. A pesar de ello, siempre se mostró leal hacia Graciano y, sólo después de la muerte de éste acaecida en 383, Ausonio volvió de manera definitiva a Burdeos (385), donde se retiró de la vida pública hasta su muerte ca. 395. A este período corresponde el famoso episodio de la ruptura con su discípulo Paulino de Nola, reflejado en las cartas de ambos.

Se ha debatido mucho si Ausonio es o no es un escritor cristiano, pues en su obra hay destacadas composiciones de tema cristiano; sin embargo, también las hay profundamente paganas. Quizás sería prudente convenir que, por su posición de poeta de corte y político, era equidistante de ambos extremos y se manifestaba de una y otra manera según conviniese.

Obra

Ausonio es un autor con una obra de considerable magnitud. Su actividad creadora suele dividirse en tres etapas: la primera comprendería todo lo escrito hasta su traslado a la corte, en realidad muy poco de los que ha llegado hasta nosotros. La segunda sería su estancia en la corte (367-383), período durante el que se dio a conocer como escritor con variadas obras, casi ninguna de gran empeño, a exepción del Mosella. Esta etapa culminaría con la primera edición de sus “obras completas” ofrecida a Siagrio. De esta época son: Versus paschales, Cento nuptialis, Griphus, Mosella, Bissula, Cupido cruciatus, buena parte de sus Epigrammata y Epistulae, Precationes consulis designati, Oratio consulis versibus rhopalicis, Epicedion in patrem, De herediolo, Technopaegnion (primera versión),
Caesares, Fasti, Liber protrepticus ad nepotem, Gratiarum actio y el resto de los Epigrammata. A todo ello habría que añadir las dos Praefationes (ad lectorem y ad Syagrium).

La actividad literaria del poeta durante sus años de vida en la corte está dominada por creaciones de carácter oficial y conmemorativo o muy vinculadas a su actividad pública; es, en general una poesía de carácter “externo”, pero hay, con todo, algún opúsculo de gusto más íntimo y privado como Bissula o Epicedion in patrem. La tercera y última etapa corresponde a los años de retiro en su tierra natal. Es la época en que escribe Ephemeris, Parentalia, Commemoratio professorum Burdigalensium, Epitaphia, Genethliacos, Eclogarum liber, Technopaegnion (segunda versión), Ludus septem sapientium, Ordo urbium nobilium y la mayor parte de sus Epistulae, entre las que destacan las enviadas a Axio Paulo y Paulino de Nola. Esta etapa culminaría con la segunda edición de la obra del poeta a requerimiento del emperador Teodosio, a quien la dedica con la tercera de sus Praefationes. Las obras escritas en esta tercera etapa oscilan entre dos motivaciones: algunos opúsculos son de carácter rememorativo y otros son fundamentalmente eruditos y fríos.

Al lector de Ausonio le sorprende la extensión y la variedad de registros de su obra; esa primera impresión viene, además, seguida de otra no menos intensa que descubre una desigual inspiración poética y personal de sus escritos. En general, tras la lectura de su obra, domina la sensación de que no estamos en presencia de un verdadero poeta, sino de un rétor erudito y pedante, cuyo éxito no se explica a no ser por el pésimo gusto literario que domina la época en que vivió; de todos modos, nunca se le niega su utilidad para ilustrar numerosos aspectos de la vida cotidiana de su tiempo.

Con todo, la obra de Ausonio ha de ser contemplada en función de sus coordenadas espaciales y temporales, y para acercarnos a ella merece la pena, además, escuchar el juicio de sus contemporáneos con el fin de poder comprender mejor el quehacer literario de la latinidad del siglo IV; no puede, en efecto, minusvalorarse el aprecio inmenso que sentían por su obra Símaco, Paulino de Nola o Teodosio, por no citar autores de generaciones siguientes. Como ocurre con la literatura del renacimiento constantino–teodosiano, la obra de Ausonio está impregnada de un profundísimo sentimiento romano. En este sentido, claro está, las circunstancias de su biografía condicionaron de modo decisivo las características de su creación. Además, el hecho de haber pasado los cincuenta primeros años de su vida dedicado a la escuela le proporcionó una formación básica que es absolutamente esencial para comprender su obra; esa formación fue la propia de la escuela bajoimperial, nutrida hasta la saciedad de la lectura, memorización y comentario de los escritores clásicos grecolatinos. Él mismo dejó sentadas las reglas de esa educación en el Liber protrepticus ad nepotem (opúsculo VII), donde, además de indicar los autores que deben ser conocidos por su nietecillo ya desde la escuela del grammaticus, alude en varias ocasiones a la conveniencia de saberlos de memoria. Desde esa perspectiva, el único camino para ser un gran artista era la imitación y emulación de los clásicos.

Modelos y fuentes literarias

Este concepto de poesía explica que se hayan podido señalar en innumerables ocasiones las deudas contraídas por Ausonio con los escritores anteriores. Esas deudas conciernen, esencialmente, a evocaciones conscientes o inconscientes que de un modo sistemático afloran en su obra. Naturalmente, el autor que más a menudo está detrás de la poesía de Ausonio como un telón de fondo es Virgilio y la Eneida, su obra más citada. Virgilio nutre todo el Cento nuptialis, según explica el propio Ausonio; pero el mantuano es además el punto de referencia en otros opúsculos, como Periochae, Eclogarum Liber, Parentalia, Commemoratio professorum Burdigalensium, Cupido cruciatus, Mosella, amén de haber proporcionado abundantes materiales para la confección de los demás.

Horacio sigue en segundo lugar, aunque de un modo menos evidente, y también Ovidio proporciona abundantes recursos con sus Metamorfosis, Tristes y Heroidas, mientras que sus obras de amor apenas son recordadas. Catulo es un autor citado en varias ocasiones por Ausonio e imitado otras con evidente intencionalidad, como ocurre en la carta a Símaco, dedicatoria del Griphus. También los elegíacos parecen haber proporcionado ingredientes para los versos del poeta de Burdeos, aunque no son mencionados expresamente y, a veces, sus ecos son dudosos. Al uso de los poetas de la edad de oro, habría que añadir las evocaciones de los prosistas, como Cicerón –cuyos períodos imita en la Gratiarum actio–, Varrón, Nepote, Salustio, Livio, Plinio el Viejo y Plinio el Joven, Quintiliano, Apuleyo y Suetonio; a todos éstos, hay que añadir otros escritores a los que menciona pero cuya obra no nos ha llegado, como los Apólogos de Ticiano o los Fesceninos de Aniano. A su vez, Ausonio utiliza también algunos de los autores propios del curriculum escolar, como Plauto y Terencio, cuya presencia –particularmente el primero– en obras como Ludus septem sapientium es innegable. Por otro lado, su deseo de servirse, al igual que otros gramáticos de su tiempo, de voces arcaicas, verba insperata atque inopinata, para dar a sus escritos un carácter de vetustulus color; le llevó hasta las obras de Nevio, Accio, Pacuvio, Lucilio o Afranio.

Finalmente, ocupan también un lugar muy significativo los poetas de la edad de plata desde Lucano a Juvenal, incluyendo Persio, Silio Itálico, Valerio Flaco, Marcial y Estacio; sobre todo, los dos últimos: las Silvas le sirven en varias ocasiones como modelo que debe imitarse o superarse; en cuanto a Marcial, no cabe decir que lo evoque tan sólo en sus Epigrammata, pues el sentido del humor del bilbilitano le resulta grato y se sirve de él en otros lugares. Y tras ellos, no falta en el versificador un gusto muy similar al exhibido por los neotéricos del siglo II, como Septimio Sereno, o del siglo IV, como Optaciano Porfirio.

Por si no bastara esta copiosa erudición, Ausonio también conoce la literatura griega y se sirve de ella: entre los prosistas, menciona a Tucídides, Heródoto, Platón, Jenofonte, Demóstenes e Isócrates; entre los poetas, demuestra conocer a Homero, Hesíodo, Íbico, Simónides, Píndaro, Safo, los trágicos y Menandro; además, utilizó el Peplos pseudoaristotélico para sus Epitaphia y tradujo numerosos epigramas de la Anthologia Palatina.

Ausonio poeta

La utilización que Ausonio hace de los autores tanto latinos como griegos es muy diversa y oscila entre la traducción o la imitación deliberada (mencionando la fuente con más o menos rigor) y la evocación inconsciente de algún pasaje concreto por paralelismo métrico; con ello, Ausonio pretendía lograr una obra brillante, donde la erudición y los clásicos ocupasen un lugar privilegiado. Para ello, Ausonio utiliza esos autores con la ayuda exclusiva de su prodigiosa memoria, adiestrada y desarrollada a lo largo de muchos años.

Gracias a su erudición, magníficamente pertrechada con sus lecturas de los clásicos, y a la poetica scabies, o “comezón por la poesía” que él declara sufrir, se siente capaz de emprender cualquier empresa en verso, aunque indudablemente le faltaba el vigor indispensable para lograr verdadera poesía de un modo sostenido y duradero. Él mismo lo sabe y lo dice en varias ocasiones: aun quitando lo que de cortesía y fingida humildad haya en sus peticiones de ser corregido o en el reconocimiento de la insignificancia de sus escritos, es lógico que, al contemplar su obra con una visión de conjunto, no se atreva a llamarse poeta como sí hace de vez en cuando. Sus obras no son perfectas pero a él le gustan y en algún caso le emocionan.

Ausonio no desdeñaba ni las peores de sus creaciones y celosamente las iba guardando en su escritorio de donde más tarde las sacaba para obsequiar con ellas a sus amigos; algunas fueron encontradas allí, sin pulir tal vez, al hacerse la última edición de sus obras, tras su muerte. Pero por encima de todas, confiesa que hay una que le emociona y le gusta leerla una y otra vez: es el Epicedion in patrem según declara ya en el mismo prefacio.

La poesía de Ausonio es, ante todo, por inspiración, recursos e intención, la poesía de un maestro erudito, del más erudito maestro si se quiere. Por eso, junto a obras de cierto empeño, como el Mosella, las hay nacidas como utensilios didácticos: es el caso de Periochae pero también del Eclogarum liber que, en buena medida, ha sido considerado del mismo modo que los versus memoriales de la Edad Media, versos cuya finalidad era ayudar a retener en la memoria conceptos o series complejos; y no pueden sustraerse a esa misma consideración el Technopaegnion, el Griphus y tampoco Caesares, Fasti o bien Ordo urbium nobilium. Las enumeraciones, las descripciones exhaustivas, propias de un disciplinado maestro, recorren toda su poesía desde las cartas, con sus famosas clasificaciones de las ostras, hasta el Mosella, con sus no menos de los peces; al fin y al cabo, Parentalia, Commemoratio professorum Burdigalensium, Ordo urbium notabilium, Epitaphia, etc. son otros tantos ensayos por reducir la realidad o el mito al rigor de una clasificación.

La poesía intimista

A pesar del enorme peso de la tradición dentro de la poesía de Ausonio, ésta no es capaz, sin embargo, de ocultar la voz personal y distinta del poeta; si su obra está arropada por la erudición y la retórica exigidas por la cultura de su tiempo, no puede evitar que una vena de sinceridad y de intimidad la recorra por doquier. Ausonio, a pesar de sus innegables limitaciones, ha sido capaz de manifestar sus buenas cualidades con inspiración y sencillez. Basta con leer y comparar algunos de los poemas contenidos en Parentalia, por ejemplo, con el Eclogarum liber o el Technopaegnion, y se hará evidente la existencia de registros poéticos antitéticos y difícilmente explicables en un autor de la época clásica; si, a esos registros extremos, se suman los que ofrecen obras como el Mosella, el Cupido cruciatus o la Gratiarum actio, el autor se nos presentará entonces como verdaderamente polifacético. Aún mayor contraste se podrá observar enfrentando el Cento nuptialis a la Oratio de Ephemeris o a los Versus Paschales. Difícilmente toda la inspiración y toda la técnica contenida en cada una de las obras de Ausonio podrán explicarse, tan sólo, desde la perspectiva de la creación de un erudito maestro. Hay algo más.

Es cierto que Ausonio no ha sido capaz de engendrar una obra de gran empeño y, cuando lo ha intentado, como es el caso del Mosella, parece quedarse a mitad de camino. Tampoco es un artista destacable cuando se trata de disponer ordenadamente los materiales. Todo eso es cierto, pero nadie le niega vigor en numerosos pasajes felices que responden siempre a dos vetas de inspiración: la intimidad y la descripción del paisaje. En esos momentos, Ausonio logra mostrarnos las auténticas posibilidades de su talento artístico, escapando de los corsés cada vez más estrechos de la poesía neotérica. Es precisamente por la vía de la poesía intimista por la que Ausonio es capaz de superar la convenciones literarias.

Esa manera de escribir, tan distinta de la que anima otros lugares de su obra señalados antes, es la que ha atraído la atención de quienes leen con detenimiento la poesía de Ausonio. Se trata, en general, de todos aquellos momentos en que el poeta escribe por su padre (Parentalia, 1; Epicedion in patrem y Epistulae, 17), por su mujer (Parentalia, 9; Epigrammata, 39, 40, 53–55), por su hijo (Epistulae, 18), por su nieto (Genethliacos ad Ausonium nepotem; Liber protrepticus ad nepotem), por ese amor tardío llamado Bissula, o por otros familiares (Parentalia) y amigos (Commemoratio professorum Burdigalensium y Epistulae, 23–26). Aunque se quiera minusvalorar la importancia de cualquiera de esos poemas, porque aquí o allá pueda brotar inesperada la vena erudita y artificiosa o el eco de algún escritor lejano, es absolutamente evidente la emoción que los anima y la sinceridad de su expresión, tanto más notable por nacer de sentimientos estrictamente familiares, ajenos y ausentes de la mayor parte de los poetas latinos.

La descripción del paisaje

Tampoco cabe dentro del más convencional neoterismo del Bajo Imperio la especial sensibilidad que Ausonio demuestra para percibir y describir el paisaje; y, aún más, las sensaciones inasibles y etéreas. Nadie como él, que se nos revela como auténtico amante de las bellas artes, ha sabido pintar lo difuso y lo transparente, las luces y las sombras. También en estas ocasiones, al poeta verdadero le da la réplica el rétor erudito pero quedan para siempre sus logros felices.

Al situarse ante la naturaleza, Ausonio no se conforma con la descripción fotográfica y objetiva de la misma: sus descripciones son, con mucha frecuencia, prolongación natural de su intimidad y, por tanto, subjetivas. En alguna ocasión se ha señalado la antitética disposición anímica con que describe el Mosela, primero en el poema a ese río consagrado, después, en la carta 18, dirigida a su hijo Hesperio; basten estos dos pasajes contrapuestos: en Mosella, 23–28, canta exultante, tras la expedición alamánica por los bosques oscuros e inhóspitos de Germania, la belleza y la transparencia, la paz y el color, la luz y el perfume intenso del río. Sin embargo, cuando en momentos menos dichosos el Mosela se lleva, aguas arriba, a su hijo, el anciano siente el frío en su alma y gime abatido al pasear por las frías e inhóspitas riberas.

De acuerdo con las circunstancias, la misma naturaleza puede resultar áspera o, en tiempos favorables, presentar todos sus encantos al poeta, que enumera sin cesar sus frutos joviales, sean peces y ostras, tordos o ánades, ciervos o jabalíes, o las joyas pasajeras de sus flores. Y en el marco de esta sutil comunicación entre la intimidad del escritor y su mundo circundante, encaja sin sentirse forzado el De rosis nascentibus, donde se contemplan bañadas por la luz madrugadora las rosas cubiertas de cristal transparente:

“cubría de blanco los escarchados rosales una joya extraña que iba a morir con los primeros rayos del día. Es difícil decir si roba la Aurora su rubor a las rosas o si es ella la que lo da y la salida del día tiñe las flores”.

Son precisamente esos momentos de transición, esos claroscuros de la luz, que engañan los sentidos, los que más deleitan al poeta, como él mismo confiesa a su amigo Símaco. Es la luz incierta que llena el Cupido cruciatus de misterio, luz escasa, nebula picta, que vela más que descubre los cañaverales impracticables que nacen junto al agua, las amapolas somníferas, los estanques callados y quietos como la muerte, los arroyos de silencios ominosos: las heroínas despechadas van a crucificar al Amor, causante de sus desdichas. Es el mundo de la pesadilla que invade el sueño poco profundo, descrito por el propio Ausonio en Ephemeris, 7.

El Mosella

El Mosella es el poema más extenso y que más fama ha dado a Ausonio. Se trata de una composición de 483 hexámetros dactílicos en los que Ausonio narra un viaje que él realizó desde Bingen, a las orillas del Rin, a Neumagen, bañada por el Mosela. Es posible fechar el poema entre finales del 371 y el 372 y podemos suponer que se escribió con un objetivo político y propagandístico para ensalzar la paz y la civilización romanas.

El Mosella presenta, por lo general, una composición nítida: distintas unidades bien diferenciadas, con transiciones cuidadas entre unas y otras, forman un conjunto armónico donde prevalecen las escenas sobre la historia narrada, lo que ha llevado a algunos críticos a negar la unidad del poema. El Mosella se abre (vv. 1-22) con la descripción rápida del viaje por el Hünsruck desde Bingen hasta Neumagen, a orillas del río Mosela, que aparece aquí adornado de luces y de una claridad diáfana. Se inserta aquí toda una laudatio del río, en la que se hace alusión a sus limpias aguas y se hace referencia a los habitantes de las orillas; de aquí se pasa con una suave transición a la tercera parte del poema (vv. 82-149), el catálogo de los peces del río. A continuación, Ausonio dirige su mirada a las verdes colinas que bordean el curso del río con una evocación de las viñas y una descripción de la vendimia (vv. 150-168). A partir de este punto se desarrollan tres núcleos narrativos unidos por el común denominador de la pelea entre dos bandos, aunque siempre con un carácter lúdico. El primero (vv. 169-188) contiene los juegos de los Sátiros con las Náyades; el segundo (vv. 189-239) nos muestra a los navegantes que al atardecer, invadidos por una paz natural y extasiados por la belleza que les rodea, se entregan a naumaquias fingidas; el tercero (vv. 240-282) narra los combates entre los pescadores y los peces.

Toda esta naturaleza privilegiada multiplica su paz por el efecto de la civilización venida de la mano de Roma frente a los bosques tenebrosos y los duros paisajes del otro lado de la frontera; se insertan aquí los versos en que se describen las villas que pueblan las orillas del Mosela (vv. 283-348); a continuación se nos habla de los afluentes del río (vv.349-374); este excurso le sirve al poeta para alabar, una vez más, la importancia del río por bañar nada menos que Tréveris, la nueva capital del Imperio, lo que le permite comparar este río con el Tíber cantado por Virgilio (vv. 375-380); así, Ausonio promete que, cuando le llegue la vejez, escribirá sobre las hazañas de los belgas, un pueblo que, en su opinión, puede rivalizar con el de Roma (vv. 381-414). El poeta ha llegado, así, al final de la descripción, pero antes de acabar anuncia un deseo, portavoz de las esperanzas imperiales: al juntar el Mosela sus aguas con el Rin, hace llegar a él los fruntos inmensos de la civilización recién evocada. Tras encomendar el Mosela al Rin, el poeta introduce un broche final (vv. 438-468), donde vuelve a anunciar que, al regresar a su Burdeos natal, cantará de modo más extenso al país, a las ciudades y a las gentes belgas. De este modo, el poema entra en la laudatio final asegurando al río una gloria eterna si la fortuna acompaña a su obra.

Estilo

La poesía de Ausonio es esencialmente la poesía de un maestro erudito; a partir de esta perspectiva, se entiende mejor por qué usa ritmos y esquemas métricos tan variados, por qué intenta tantos temas, con tantos tonos poéticos, y todo ello con una estricta clasicidad de lenguaje, que a duras penas nos permite vislumbrar que es fruto del siglo IV. Es esa misma perspectiva la que puede ayudar a comprender la trivialidad poética de buena parte de sus escritos, sus ensayos de versificaciones imposibles –como ocurre con los versos ropálicos o con el latín macarrónico de la carta 6– y, en suma, sus excentricidades.

Entre estas excentricidades cabe referirse a la affectata obscuritas de quien tan sólo quiere ser entendido por los iniciados en su jerga, es decir, por sus colegas; así, cuando escribe a Paulino de Nola la carta 19, tras componer diez hexámetros dactílicos para decir únicamente en qué día ha recibido una carta de su querido amigo y discípulo, corta el verso y sigue en prosa. De ese prurito hace gala igualmente al dedicarle a Símaco el Griphus, donde evoca a Horacio y su profanum uulgus (Od. III, 1,1).

A esta condición de poesía propia de un erudito maestro, se pueden achacar otras facetas del estilo de Ausonio, como son su innegable capacidad para servirse de cualquier figura retórica, su utilización del mito con la misma función que posee en la poesía de la edad augústea o su inclinación a crear nuevas palabras, fundamentalmente adjetivos; todo ello no hace sino reproducir, dos siglos más tarde, las técnicas versificatorias de los neotéricos.

Forma y contenido

De acuerdo con lo dicho acerca de su estilo, es fácil observar que la búsqueda de una perfecta adecuación entre la forma y el contenido está en la raíz de la creación ausoniana. Así, es posible comprobar cómo su capacidad versificatoria, su erudición infinita, su manierismo académico están con frecuencia al servicio de la más depurada identificación con el mensaje que se pretende transmitir. La lengua, el estilo, la métrica que visten sus distintas invenciones cristalizan de cuando en cuando en composiciones de admirable factura. Él sabe bien que a cada tema conviene un tono y que cada sabor gusta a paladares diferentes.

De este modo, Ausonio va tejiendo su obra con artístico encanto incluso en momentos triviales: al abrir el opúsculo Ephemeris, donde se describen las actividades de una jornada cualquiera, se leen unas estrofas sáficas que celebran la llegada del día. En la composición siguiente, el amo sacude del lecho al perezoso siervo con “yambos violentos”. Este tono festivo, revestido de ritmos alegres y veloces, da paso al solemne hexámetro con que se reza a Dios Omnipotente, oración íntima y grandiosa que, ajena al mundo recién dibujado con vivos colores, destila la paz del creyente. Y tras la plegaria, vuelve el poeta al mundo que le rodea y también al uso de metros variados.

Este mismo movimiento formal condicionado por el estado anímico de Ausonio, se descubre nuevamente en su correspondencia con Paulino de Nola: el tiempo de la amistad compartida es celebrado con abundantes recursos métricos; la “despensa poética” está repleta de ritmos con los que gozar la felicidad y ése es el recado que le envía con “yambos veloces” en la carta 21. Pero al quebrarse la sólida unión espiritual, cuando Ausonio siente el dolor que muerde su corazón, olvida los juegos y vuelve al hexámetro y, con él, escribe la tristeza y el desencanto, la soledad y el fracaso.

Este deseo constante por buscar la forma más adecuada al contenido de cada composición podría ejemplificarse de otras mil maneras diferentes, contraponiendo, por ejemplo, la lengua y el estilo de la Gratiarum actio, modelo exquisito de mimetización con el género panegírico, a los del Mosella, donde el rigor poético apenas sufre desmayos; o, dentro de un mismo opúsculo, diferenciando las cartas escritas a Símaco o a Probo, de las dirigidas a Axio Paulo o Teón.

En definitiva, por más que Ausonio no haya sido capaz de sobresalir en ninguno de los géneros cultivados por él, es preciso reconocer que en el siglo que le tocó vivir, y en los decenios previos, no hubo poeta mejor dotado, con más capacidad creativa, con mayor ambición poética –aunque la suya no fuese excepcional–, ni con más variedad de motivaciones. Él supone, de algún modo, el final de una manera de entender la creación poética –el neoterismo– y la culminación de las corrientes literarias que le precedieron, al tiempo que abrió unos senderos apacibles y sombreados –de acuerdo con sus gustos estéticos– por donde pasear las íntimas emociones.

Bibliografía

  • Ternes, Ch. M., Ausone. Bibliographie objective et subjective: Bulletin des Antiquités Luxembourgeoises, XIV (1983), Luxemburgo, 1984.

Ediciones: Evelyn White, H. (Loeb), 1919; Riba, C.- Navarro, A., (Bernat Metge), 1924-1928; Prete, S. (Teubner), 1978.

Traducciones: Alvar Ezquerra, A., Obras, (Gredos), 1990, 2 vols.

Antonio Alvar Ezquerra.

Autor

  • MCV. Antonio Alvar Ezquerra.

Fuente: http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=ausonio-decimo-magno

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Publicado el 15 diciembre, 2014 en Personajes y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Comentarios desactivados en Ausonio (Décimo Magno Ausonio – 310-395).

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